lunes, 22 de diciembre de 2008

Despedida


Sonó el último aviso y subí al tren apresuradamente, sin mirar atrás. Me esperaban doce largas horas de viaje, así que decidí buscar un sitio junto a la ventana para poder apoyarme y descansar. Al encontrar un sitio al lado de una señora mayor, pude notar el viento y la lluvia acariciando mi cara al tocar el cristal. Pasaron horas hasta que desperté. Observé quién había a mi alrededor y escuché como sonaba de fondo el rumor de los pasos del tren y, tras la ventana, íbamos dejando atrás todas aquellas pequeñas cosas. Mientras el revisor ajetreado controlaba a los pasajeros yo empecé a sumergirme en un mundo paralelo. Es un mundo que sólo existe en los trenes, donde el tiempo se desacelera profundamente y la capacidad perceptiva parece aumentar pues cada detalle que puedes descifrar en las miradas de los demás pasajeros o en el ambiente parece un mundo que indagar. No obstante, fuera, en aquellos extensos prados, todo parecía totalmente igual. Apoyé de nuevo mi cabeza sobre la ventana y, en el vaivén de mis pensamientos, mi mirada perdida captó una pincelada roja que ardía aislada en el verde de los campos. Era una rosa, pequeña y melancólica. Bañaban sus pétalos gotas de fina lluvia, y estas, atraídas por las texturas de la rosa, quedaban pendientes de un hilo, en una lucha ínfima por no caer y permanecer dormidas en los extremos de los pétalos para siempre. A pesar de la infinidad de gotas que caían sobre ellas y de cómo las agitaba el viento, aquellas eran incapaces de decir adiós a esa mágica incertidumbre y reflejaban con una pulcritud asombrosa el propio cuerpo y alma de la rosa. Quedé absorto durante un largo tiempo, un minuto de los reales, hasta que vi como una ráfaga repentina se llevó consigo a la rosa, y aquellas gotas volaron sueltas, cómo si la flor llorase emotivamente. Comprendí que aquello no era un hecho casual, pues aquellas gotas que me habían parecido parte de la propia rosa eran iguales a todo aquello que estaba dejando atrás, cada revolución de las ruedas del tren más atrás. Y aún más lejos. Aquellas lágrimas de rosa eran todas aquellas experiencias y personas que eran parte esencial de mi mismo y de las que la vida, dura y cruel como puede ser a veces, me separaba y las hacía polvo infinito en la memoria.

domingo, 12 de octubre de 2008

Selva de Vida

Cuesta a veces encontrar el camino entre la penumbra, entre las ramas, entre las nubes y las nieblas y las personas. A veces te sientes tentado a desistir y parar a pudrirte, dejando que los insectos te hagan parte más de ese cúmulo de residuos que quedan en el corazón de la selva y no llegan a ver nunca que hay tras ella, que esconde esa luz que, a modo de estrellas, ves entre la negrura de la devoradora masa. Crees que va a ser solamente un momento de debilidad y descanso, pero lo pagas caro. Te adaptas a eso que te parece tan cómodo y no te das cuenta de que eso es una mierda absoluta hasta que no te sientes las piernas, y quedas enterrado allí dónde tantos otros están, en esa montaña de desesperanza. Pero siempre hay aquel que decide no parar, o bien por cabezota o por tener las ideas claras quién sabe, y sigue, lucha, nada entre los mares de tiniebla, hasta que consigue dejar atrás la selva. Se le había hablado de un paraíso tras esos mundos que había desafiado, pero no había nada mas que llanuras calurosas a su frente. Movido por una luz había llegado allí para no ver absolutamente nada, sólo otra aventura que tratar de superar para ver si tras ella había paraísos o Felicidad. Y, recuerdo, la Tierra es esférica.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Abstracción pura

Era un atardecer veraniego de aquellos en que el viento sopla con suaves caricias. El mar calmado le pedía al Sol un baile y juntos pintaban con sus ligeros movimientos un cuadro surrealista. Nosotros parecíamos ser ese elemento humano que siempre perturba la harmonía de lo pintoresco mientras busca su lugar huyendo del caótico espectáculo de la ciudad, pero en realidad éramos sólo un par de jóvenes enamorados con ganas de nadar el uno en los ojos del otro. No buscábamos nada más que eso que tan fácil nos parecía, escondernos en las faldas del mar y poder pasear nuestro amor nómada por las esquinas remotas que se pierden en el horizonte. Dibujábamos sonrisas en las olas mientras jugábamos a dejar nuestra huella en la orilla y ver como el agua se las llevaba y a nosotros con ellas, a coger las nubes y dormirnos en ellas. Poco a poco iba oscureciendo y parecías flotar dentro de la abstracción, como tras un agujero negro, viendo al otro lado las luces de la ciudad que volaban perdidas y fugaces.

viernes, 18 de julio de 2008

Trust my soul if you feel eaten by night;
will I come through the windows
or by your frail heart,
I'll make you moon and I'll make you light.
There's wind in the words fallen from sky,
crossing the seas of the eternal lands
pieces of joy drawn in your hands
seeping through an abyss of love.
All your fears fading away,
all my tears coming off day
as light melts your sea eyes,
cause you own a space
where nobody knows if it's night or day.

viernes, 27 de junio de 2008

Adulto

Quedó en el aire un cierto aroma a amor. Un aroma de noche consumida. Habían permanecido allí, encerrados en ese capullo de seda, creciendo escondidos y guardándose el uno al otro como si fueran los grandes regalos de sus vidas, pero el momento había llegado. Ahora quedaba abrir las alas y emprender el vuelo, ser mariposas por fin y no tener miedo a perderlo todo en el despegue, a perder esa unión, a que el viento se llevase el amor, y la vida... Era necesario volar y caer, y sufrir y volver a volar y a caer, porque el capullo se pudre entre la oscuridad del pasado y si allí se quedaban morirían entre sus hilos de seda y no serían nunca adultos. Porque sólo crece quien sufre o vence el miedo a vivir.

sábado, 14 de junio de 2008

Felicidad

Eres de esa gente que vive pensando que va a llegar el día en que serás realmente feliz, eres de esos engañados que se cree que la felicidad es algo material o sustancial, algo que puedes conseguir el día menos pensado sin hacer nada. Sólo haces que esperar, como si la vida fuera uno de esos caramelos dulces y empalagosos que te regala un simpático dependiente, dulce y sin más, lo muerdes y te sientes a gusto, pero se acaba. No le buscas nada más que un sabor agradable y instantáneo a la vida, no buscas más significado que el aparente, incluso sabiendo que hay algo más que materia en el mundo. No te invade ni curiosidad por saber que es esa gran sensación de ser feliz, de sentir escalofríos por todo el cuerpo con sólo una imagen, un sonido, un olor... Siempre pasivo esperando que se te de todo, sentado en tu sillón en medio del camino de tu vida, sin abrir puertas, rezando porque alguien venga un día y te traiga la Felicidad en un paquete bien envuelto. La dulzura en el paladar, en un sentido más amplio que el de tus caramelos, se siente cuando buscas la felicidad, cuando luchas por ella, porque es un ideal, la perfección, inalcanzable. La felicidad es el horizonte de los mares de la vida. Sólo la conocerás remando hacia ella con esperanza y luz, superando tormentas y preparándose para las muchas otras que vendrán.

viernes, 23 de mayo de 2008

Muchos hablaban de la belleza de comprender el amor y sentir agujas en las vísceras. En los bares le contaron historias de corazones libres, pulmones atascados y almas de mar, de ojos derretidos en crepúsculos perdidos, de flores de primavera y vientos y tiempos ardiendo en cenizas. Él busco esas historias en cada esquina de la ciudad; llenaron su mente de ideas y sensaciones que rastreó en arcenes y rascacielos, en pájaros alados surcando cielos lejanos, en sueños de azufre. Y bajo la almohada y tras las cortinas y en el abismo y en la lluvia y en el trueno. Pero nunca nadie le dijo que se puede amar la soledad.

martes, 20 de mayo de 2008

Subconsciente

Despertamos y pensamos que lo soñado queda olvidado. Un susurro de alivio profundo al abrir los ojos sabiendo que era sólo una pesadilla. Y lo olvidas, aunque queda allí guardado en un rincón lejano, más allá del horizonte, en una esquina. Algo matemático. En el punto exacto de tangencia. Vienes de un lado y no lo ves, del otro tampoco. Y pasas días y días por esa esquina y nunca pasa nada nuevo. Sólo sigues tu camino, tu cotidianidad y aquello que algún día habías soñado es parte de lo invisible e imprevisible de él. No lo ves, no lo hueles, no lo palpas, nada. Pero llega un día en que un desgraciado coge y te empuja. Quedas empotrado exactamente en esa tangente y se te cae el mundo encima. Primero sólo sientes escalofríos en las rodillas, luego recuerdas. Eso es lo más duro. Al recordar revives y esta vez no estás dormido, no. No cierres y abras los ojos que nada va a pasar. El agresor corre y se escapa y tú te quedas sin poder reaccionar, exhausto como un tonto. Miras eso, que no es nada porque la tangencia es prolongación de lo que converge, y ves otra cosa completamente diferente, bastante peor. En esa mierda de arcén que tantos pisan y desprecian, en la afilada cuchilla de esa esquina perfecta está tu subconsciente. Y no olvides lo que te digo, que sino ya sabes lo que pasa, y quizás el desgraciado que te empuje seré yo, por tu propio bien.

martes, 13 de mayo de 2008

Silencio

Entre las sábanas despertó Karen. Le costó trabajo salir de entre ellas ya que sus ojos aún podían ver escasa luz, cegados por el sueño, y sus manos eran tremendamente inútiles para desmontar ese amasijo de capas que la envolvían. Karen había perdido el tacto sólo nacer. Segundos después de que él doctor le tocase la cabeza para ir sacándola de la vagina de su madre -"¡Ya sale, ya!"- perdió el tacto. Sólo pudo notar la mano del doctor y el calor de esta, el calor humano aunque no fuese el de sus padres como acostumbra a pasar. Fue algo realmente rápido.
Amaneció muy rápidamente y el Sol impuso su soberanía en el cielo y en la casa y en sus almas y en sus mentes y en todo lo que había en ese mundo. En todo, sólo a excepción de Lucie. Era muda. Karen hablaba con ella y le respondía con signos. Cómo si le hablase a una pared, una muralla cansada de vigilar y deshaciéndose en cenizas.
- En serio, odio las mañanas, es como si perdiese la mitad de los cuatro sentidos que tengo.- dijo Karen.
- Yo también las odio. Pero a la vez las amo. Depende del día.
- ¿De que depende?
- De si he dormido bien o no. Si duermo bien el día es una dictadura insportable, con todos sus sonidos, a los que no puedo contestar, pero si he dormido mal el día me parece una maravilla. Hoy es del segundo tipo. Como volver a nacer. Te lo juro, me siento cómo en el momento en que ves tantos ojos observándote al nacer. No sabes lo duro que es escuchar el silencio nocturno y no poder contestarle con más silencio. Es como si se te anuncia la muerte y luego por la mañana te ves resucitada. Y entre medio sólo hay un hiato de tiempo, un poco de sueño si tengo suerte. Soy muda pero una muda muy poco hábil. Al silencio no puedo llegar, es algo que no creo poder conseguir.
Gestos y más gestos.
Gestos también en la cara de Karen por lo que le decía. Una cara de tonta.
- Entonces depende de la noche. Me habías dicho que dependía del día.
- Por favor, es una expresión común Karen.
- ¿Común?¿Y desde cuando somos comunes?

Silencio, y de verdad. Respiración. Lo había logrado en el momento menos esperado.

jueves, 10 de abril de 2008

Diálogo con la Luna

El pálido hombre recorría ese eterno trayecto hasta los geranios por lo menos una vez a la semana. Más que el camino hasta los geranios, era, por decirlo con un matiz más surrealista, el camino a la Luna, y los geranios eran sólo un catalizador de sus sentimientos. Una vez allí, llegaba ya a toque de medianoche, se sentaba a palpar las profundidades de las flores, a olerlas y saborearlas en su plenitud mientras jugaba a oír el susurro de aquel mar desatado de colores, que en realidad era creación única y propia, y esperaba tranquilamente hasta poder ver los olores emanar de las entrañas de aquel asombroso espectáculo. Él, de manera casi inconsciente, generaba poesía, que surgía de la extraña unión de las preguntas de los geranios y las inéditas respuestas que la Luna les daba, era un diálogo invisible que sólo él podía percibir y que lo transmutaban a un vacío lleno de purezas, la Luna, dónde no existía ya esa sociedad perturbada de la que cada semana huía y a la que cada semana despreciaba más. Aquellos paradigmas de la existencia discutían desde la irrevocable proximidad de la distancia y de sus coyunturas luminosas surgían las chispas incandescentes de la esencia de la vida, esa esencia que el hombre esperaba encontrar en su camino a la Luna y en ella misma, dónde las verdades del sueño se reivindicaban y los gritos insaciables del hombre cesaban. Así, podía realmente activar sus sentidos y hacer de cada uno de ellos un mundo por indagar, una realidad por descubrir. Incluso desde ese astro podía seguir tocando, viendo, oliendo, gustando y oyendo los geranios que no sucumbirían ante la fuerza inconmensurable de las inquietudes de aquellos que allí, tan lejos ya, se creían dueños de todo sentimiento, cuando en realidad nunca habían desfallecido ante un color o una imagen, ante un sonido remoto, porque estaban sus sentidos cegados de avaricia y hipocresía. Él se quedaba en la Luna toda la noche y le susurraba cuanto deseaba quedarse allí, hacerla atemporal y vivir sólo existiendo para ella. En cuanto el alba llegaba, en esas agridulces mañanas, el Sol le ganaba la partida a la Luna y él veía en su superficie el reflejo impuro y corrompido de su única verdad. Aquel viaje, aquella evasión, se trazaba sobre la oscuridad del pequeño estanque que había junto a los geranios, que ante la cegadora luz del Sol le mostraba de nuevo su mundo de desdicha y sufrimiento. Veía también en ese espejo mal tallado la Luna avanzando, huyendo de aquello que él no podía evitar, despidiéndose de él y de sus flores hasta la siguiente semana, esa nueva semana que todos esperaban ansiosamente con nuevas historias fantásticas que contarse y nuevas conspiraciones que tramar para derrotar a ese monstruo que acechaba sobre la Tierra y les robaba el placer de vivir para existir.

domingo, 6 de abril de 2008

Poesía para vos


Récondita noche en velo infinito,
del postrer día sin blanco dorado,
tiempo que anhela morir asfixiado,
enamorado soy, mas no lo grito.


Tantas páginas para vos he escrito,
instántes en tromba he eternizado,
en tanto que el aire venga migrado,
versos de mimbre, sulfato y granito.


Agria tempestad al acecho se halla,
las nuestras virtudes en perecer,
naufragio en este mar que nunca calla,


coged ahora la flor del placer,
que esta marchíta sucumbe en batalla,
cenizas de amor sin desfallecer.

miércoles, 2 de abril de 2008

Último sueño


Y desperté de ese sueño. O no. Las imágenes que se habían diluido en aquel instante eterno volvían a recrearse con más credibilidad que antes y se situaban como flashes irritantes entorno a mi. Estábamos tú y yo, y nuestros alter ego. Me confundía verme actuar de manera tan diferente a cómo solía, de manera incluso exasperante y contradictoria, negando mis propias convicciones. Tú, atónita, observabas sin decir palabra. Parecía como si mis entrañas fueran ese yo recreado que gritaba sus verdades, su verdad más intima. Aquella escena me cohibía. Era tan real y a la vez tan inverosímil que me sentía acorralado en el espacio atemporal entre la ficción y la realidad. Lo que mi sueño había constituido se proclamaba verdad mientras que mi mundo real se consumía paulatinamente y tú y yo desaparecíamos. Bueno no, me equivoco, tú aún estabas allí, eras siempre la misma, la misma capaz de eternizar las excusas y, ahora, aún más arrogante e indecisa, capaz de resistir la marca infinita de sangre ajena y haciéndome aún más espectro y vacío. Aquel sueño, el último.

martes, 25 de marzo de 2008

Desde mi ventana

Has sido siempre el perfecto resultado de mi dedicación, una simple creación resultado de noches amargas como los cafés bebidos. Acabo de asentarme sobre la faz de la realidad y ahora veo que hay algo que odio de las matemáticas: esa búsqueda infinita de otorgar un sentido real a todo lo existente, cuando toda evidencia es subjetiva y compleja, no pudiendo ser reglamentada y igualada a otra. El misticismo de la existencia es inexplicable y tú eres sólo el fruto idílico de la efimeridad de mi capacidad creativa. Ahora lo veo claro, ahora desconfío de la matemática exacta, ahora evito la ciencia, y a pesar de haber visto tu imagen peculiarmente imperfecta te deseo aún más que antes. La belleza de lo feo te hace aún más atractiva, hace que me aferre aún más a tu presencia. Te imagine erróneamente y, sin embargo, te veo y siento que mis ojos son capaces de sentir tu radiante brillantez. Creía que bajar de esa burbuja, que muchos consideran fruto de la imaginación de criaturas y que me convierten en un adulto tan niño, y aposentar mis pies sobre la cruda verdad suprimiría mis horas de angustia y helado de vainilla, contándote mis penas por no tenerte, pero ante tí veo lo invisible, eres una fruta con pieles feas pero que alberga un interior puro y de sabor intenso, amargo. Aún te ansió, te espero impaciente sabiendo que no pararás en mi estación, te admiro apasionadamente apoyado en el marco de mi ventana, veo tu belleza pasearse escondida bajo un telón que es hierro para todos y fina seda para mi vista que es tacto, capaz de sentir su fibrosa textura. Cada palabra que escribo, un trago de intenso café solo. , imperfección.

domingo, 16 de marzo de 2008

Autoretrato

Adoraba esa sensación de caminar descalzo por la arena. Que sus pies se hundieran. Sentir ese calor penetrante de un verano que se aproximaba. Notar la frescura del viento palpando su cara, el chisporroteo de agua de mar que acariciaba dulcemente sus pies con cada pequeña ola que rompía ante él y que aliviaba el escozor en las plantas de sus pies. Admiraba como una soledad tan definida y un silencio tan inhumano pudieran decir tanto. Todo aquello era vicioso. Entonces era el momento de sentarse en su taburete y empezar a deslizar el pincel para dibujar lo hasta ahora escrito. Acababa y se encontraba ante su perfección hecha imperfección. Le cohibía su incapaz de describir sus sensaciones con aquellos viejos pinceles y esa era la razón por la que día tras día estaba allí, el mismo camino, el mismo ritual, las mismas sensaciones, ese estúpido dibujo que no conseguía hablar por si solo. Pero ese día, que para él se presentaba como cualquier otro, el sol de mediodía era tenue, el mar gritaba desde sus adentros y cada ola se le aproximaba para mojarlo agresivamente, el viento era duro y no tan apetecible como solía, la niebla baja y densa. Tubo que hacer esfuerzos para situar el caballete en algún sitio donde las hojas no pasaran por si solas y le costó más que nunca empezar a dibujar. Un primer trazo. Débil, un hachazo arrogante de pincel enfadado que impregno el papel de un azul intenso. Era un azul único, parecía como si este fuese la metamorfosis de sus colores con el transparente soplido del viento, y a la vez agridulce ya que era imperfecto, arriesgado, era como una aguja que le enflaquecía. Un segundo trazo, este fuerte. Tan fuerte que los colores utilizados se desdibujaban en una gama indescriptible y el salpiqueo de pintura bañaba las aguas de colores no humanos, de colores que su simple mente no llegaba a comprender. Trazos y más trazos, voluntarios y involuntarios que tan individuales y separados entre sí se unían llevados por las gotas de agua que impregnaban el papel de un difuminado que arrugaba la obra y la hacia aún más obra. El papel era caos, un caos abismal, un caos en armonía con su entorno, una tormenta de fenómenos y sensaciones. Él. Preguntas, sorpresa, inquietud. No comprendía qué sucedía, no comprendía como sus manos habían consagrado la perfección, como el día más gris era el más pintoresco. Entonces, pasó ella. Ya no la esperaba,.Con un día así no esperaba que ella siguiese su paseo rutinal al borde de mar, y sin embargo ella allí estaba como solía. Ya se había acostumbrado a verla pasar, a observar su frondoso cabello frágilmente tratado por el levante, a deleitarse con la belleza de su silueta y su belleza aparente, a intentar hacer converger la mirada de la chica con la suya , a llegar al punto álgido del sueño erótico que compartían. Pero esa mañana de mayo su andar era muy diferente, parecía intranquila y no simbiótico con el paisaje como acostumbraba a ser, y ella se tambaleaba como una mecedora de lado a lado. Súbitamente, con un gesto un tanto brusco, se giró hacia él realizando un movimiento de parábola y le deshizo con la mirada mientras se le acercaba. Nervios, tiriteo y temblor en los músculos, palpito incontrolable. Ella se puso justo detrás suyo y observó su obra. No la miraba, la observaba, la analizaba. Y ella preguntó con una voz que a él le pareció el vivo reflejo de la inocencia de su interior:
-¿Existe lugar tan agitado y a la vez tan puro?
Descontrol mental. Diez palabras que juntas ridiculizaban a aquello a lo que llamaban magia, palabras que por sí solas tenían un escaso valor, palabras que juntas no eran más que palabras para cualquier hombre sobre la Tierra, pero para él eran su respuesta. Entonces se abalanzó sobre ella y se consumieron en un sueño de pasión bajo la niebla que era cada vez más compacta y que los encubría trasladándolos a un vacío cosmológico que era sólo suyo.

Hoy la playa de ese bohemio pintor parece incapaz de albergar tormentas y en sus cálidas arenas hay un papel, aquella gran obra maestra, ahora mohosa y cuyos tonos azules son más claros y espesos por el baño de las aguas marinas. Bajo este, está escrito en la arena: Autoretrato.

lunes, 10 de marzo de 2008

Amo y odio

Sólo necesito que desaparezcas. Tu existencia me desgarra el corazón a base de puñaladas. Tus más tiernas palabras son ácido sulfúrico para mi corazón, lo consumen hasta que no queda un resquicio aparente, pero no son capaces de oxidar la eternidad de mi alma y desterrarte de la cima de mis pensamientos. Tus caricias son el soplo de un viento primaveral y a la vez tormenta tropical, tus besos rocio de azafrán para mis sentidos y bromo incandescente para el alma. Eres amor y odio, confianza y incredibilidad, antídoto y veneno mortifero. Maldigo la complejidad del ser humano, el único que sabe que vive y muere, y no es capaz ni de vivir ni de morir. Aborrezco a aquellos que predican el carpe diem aunque te disfruto cuando te tengo y no en la fria despedida, detesto las lámparas que emiten luz de manera intermitente y a pesar de ello estas adornan las pardes de mi pequeña habitación, odio el parpádeo incesante de mis ojos al cruzarme con tu mirada y sin embargo no puedo evitarlo, repruebo a áquel que te alarga su mano y, cuando la tiene, estira de ella cuando le conviene, pero yo te sigo escribiendo estas palabras de acusación. Me cohibe todo porque se que en realidad la lámpara ya esta casi fundida, mis ojos casi paralizados y mi mano casi atada a tus principios y a la vez más independiente que nunca. Pero siempre queda una chispa de esperanza que hace que todo se pueda invertir, que la lámpara brille como nunca, que mis ojos saquen del vacío místico la fuerza para observarte, y no sólo verte subjetivamente como hacían antes, que pueda deshacer los nudos de mi mano que te retenía férrea y que aún ahora, mientras deslizo el lápiz sobre el rugoso papel, sigue sin desprenderse de ti. Realmente no se si llamarle esperanza o repugnarla tanto como a tí te repugno. Déjame, vete. Quiero vivir para morir, existir.

sábado, 8 de marzo de 2008

Incapacidad

Veo lluvia y tormenta en tu mirada. Las finas gotas maquillando mi rostro con un perfume de nostalgia, agrio y a la vez dulce como el mayor placer. Incertidumbre. Paliar el dolor o emborracharme con las palabras que me susurran tus ojos y tu palpito incansable. Y decido bajar la mirada, y resignarme para pasar de la pureza de tu realidad a un mundo corrompido en el que vivo por una razón, tú, tu existencia. Si me levanto y desayuno es por y para ti, y si trabajo es para poder subsistir y no morir, para no perder así ese placer instantáneo de cruzar nuestras miradas, aunque aún no sé bien si en realidad lo que hacen es mirar en una misma dirección. Resignación y más duda, niebla y huracán en tus ojos. Eres poesía sin poesía, un silencio que tanto habla y cuyas palabras retumban como un eco infinito en mi más profundo ser. Escribo y escribo, páginas y páginas, libro y libros, todo por y para tí, y en realidad en todo lo que digo tú ni existes. Al fin y al cabo tus palabras vuelan libres, y yo soy sólo poeta.