Sonó el último aviso y subí al tren apresuradamente, sin mirar atrás. Me esperaban doce largas horas de viaje, así que decidí buscar un sitio junto a la ventana para poder apoyarme y descansar. Al encontrar un sitio al lado de una señora mayor, pude notar el viento y la lluvia acariciando mi cara al tocar el cristal. Pasaron horas hasta que desperté. Observé quién había a mi alrededor y escuché como sonaba de fondo el rumor de los pasos del tren y, tras la ventana, íbamos dejando atrás todas aquellas pequeñas cosas. Mientras el revisor ajetreado controlaba a los pasajeros yo empecé a sumergirme en un mundo paralelo. Es un mundo que sólo existe en los trenes, donde el tiempo se desacelera profundamente y la capacidad perceptiva parece aumentar pues cada detalle que puedes descifrar en las miradas de los demás pasajeros o en el ambiente parece un mundo que indagar. No obstante, fuera, en aquellos extensos prados, todo parecía totalmente igual. Apoyé de nuevo mi cabeza sobre la ventana y, en el vaivén de mis pensamientos, mi mirada perdida captó una pincelada roja que ardía aislada en el verde de los campos. Era una rosa, pequeña y melancólica. Bañaban sus pétalos gotas de fina lluvia, y estas, atraídas por las texturas de la rosa, quedaban pendientes de un hilo, en una lucha ínfima por no caer y permanecer dormidas en los extremos de los pétalos para siempre. A pesar de la infinidad de gotas que caían sobre ellas y de cómo las agitaba el viento, aquellas eran incapaces de decir adiós a esa mágica incertidumbre y reflejaban con una pulcritud asombrosa el propio cuerpo y alma de la rosa. Quedé absorto durante un largo tiempo, un minuto de los reales, hasta que vi como una ráfaga repentina se llevó consigo a la rosa, y aquellas gotas volaron sueltas, cómo si la flor llorase emotivamente. Comprendí que aquello no era un hecho casual, pues aquellas gotas que me habían parecido parte de la propia rosa eran iguales a todo aquello que estaba dejando atrás, cada revolución de las ruedas del tren más atrás. Y aún más lejos. Aquellas lágrimas de rosa eran todas aquellas experiencias y personas que eran parte esencial de mi mismo y de las que la vida, dura y cruel como puede ser a veces, me separaba y las hacía polvo infinito en la memoria.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Despedida
domingo, 12 de octubre de 2008
Selva de Vida
Cuesta a veces encontrar el camino entre la penumbra, entre las ramas, entre las nubes y las nieblas y las personas. A veces te sientes tentado a desistir y parar a pudrirte, dejando que los insectos te hagan parte más de ese cúmulo de residuos que quedan en el corazón de la selva y no llegan a ver nunca que hay tras ella, que esconde esa luz que, a modo de estrellas, ves entre la negrura de la devoradora masa. Crees que va a ser solamente un momento de debilidad y descanso, pero lo pagas caro. Te adaptas a eso que te parece tan cómodo y no te das cuenta de que eso es una mierda absoluta hasta que no te sientes las piernas, y quedas enterrado allí dónde tantos otros están, en esa montaña de desesperanza. Pero siempre hay aquel que decide no parar, o bien por cabezota o por tener las ideas claras quién sabe, y sigue, lucha, nada entre los mares de tiniebla, hasta que consigue dejar atrás la selva. Se le había hablado de un paraíso tras esos mundos que había desafiado, pero no había nada mas que llanuras calurosas a su frente. Movido por una luz había llegado allí para no ver absolutamente nada, sólo otra aventura que tratar de superar para ver si tras ella había paraísos o Felicidad. Y, recuerdo, la Tierra es esférica.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Abstracción pura
viernes, 18 de julio de 2008
viernes, 27 de junio de 2008
Adulto
Quedó en el aire un cierto aroma a amor. Un aroma de noche consumida. Habían permanecido allí, encerrados en ese capullo de seda, creciendo escondidos y guardándose el uno al otro como si fueran los grandes regalos de sus vidas, pero el momento había llegado. Ahora quedaba abrir las alas y emprender el vuelo, ser mariposas por fin y no tener miedo a perderlo todo en el despegue, a perder esa unión, a que el viento se llevase el amor, y la vida... Era necesario volar y caer, y sufrir y volver a volar y a caer, porque el capullo se pudre entre la oscuridad del pasado y si allí se quedaban morirían entre sus hilos de seda y no serían nunca adultos. Porque sólo crece quien sufre o vence el miedo a vivir.
sábado, 14 de junio de 2008
Felicidad
viernes, 23 de mayo de 2008
Muchos hablaban de la belleza de comprender el amor y sentir agujas en las vísceras. En los bares le contaron historias de corazones libres, pulmones atascados y almas de mar, de ojos derretidos en crepúsculos perdidos, de flores de primavera y vientos y tiempos ardiendo en cenizas. Él busco esas historias en cada esquina de la ciudad; llenaron su mente de ideas y sensaciones que rastreó en arcenes y rascacielos, en pájaros alados surcando cielos lejanos, en sueños de azufre. Y bajo la almohada y tras las cortinas y en el abismo y en la lluvia y en el trueno. Pero nunca nadie le dijo que se puede amar la soledad.
martes, 20 de mayo de 2008
Subconsciente
martes, 13 de mayo de 2008
Silencio
Entre las sábanas despertó Karen. Le costó trabajo salir de entre ellas ya que sus ojos aún podían ver escasa luz, cegados por el sueño, y sus manos eran tremendamente inútiles para desmontar ese amasijo de capas que la envolvían. Karen había perdido el tacto sólo nacer. Segundos después de que él doctor le tocase la cabeza para ir sacándola de la vagina de su madre -"¡Ya sale, ya!"- perdió el tacto. Sólo pudo notar la mano del doctor y el calor de esta, el calor humano aunque no fuese el de sus padres como acostumbra a pasar. Fue algo realmente rápido.
Amaneció muy rápidamente y el Sol impuso su soberanía en el cielo y en la casa y en sus almas y en sus mentes y en todo lo que había en ese mundo. En todo, sólo a excepción de Lucie. Era muda. Karen hablaba con ella y le respondía con signos. Cómo si le hablase a una pared, una muralla cansada de vigilar y deshaciéndose en cenizas.
- En serio, odio las mañanas, es como si perdiese la mitad de los cuatro sentidos que tengo.- dijo Karen.
- Yo también las odio. Pero a la vez las amo. Depende del día.
- ¿De que depende?
- De si he dormido bien o no. Si duermo bien el día es una dictadura insportable, con todos sus sonidos, a los que no puedo contestar, pero si he dormido mal el día me parece una maravilla. Hoy es del segundo tipo. Como volver a nacer. Te lo juro, me siento cómo en el momento en que ves tantos ojos observándote al nacer. No sabes lo duro que es escuchar el silencio nocturno y no poder contestarle con más silencio. Es como si se te anuncia la muerte y luego por la mañana te ves resucitada. Y entre medio sólo hay un hiato de tiempo, un poco de sueño si tengo suerte. Soy muda pero una muda muy poco hábil. Al silencio no puedo llegar, es algo que no creo poder conseguir.
Gestos y más gestos.
Gestos también en la cara de Karen por lo que le decía. Una cara de tonta.
- Entonces depende de la noche. Me habías dicho que dependía del día.
- Por favor, es una expresión común Karen.
- ¿Común?¿Y desde cuando somos comunes?
Silencio, y de verdad. Respiración. Lo había logrado en el momento menos esperado.
jueves, 10 de abril de 2008
Diálogo con la Luna
El pálido hombre recorría ese eterno trayecto hasta los geranios por lo menos una vez a la semana. Más que el camino hasta los geranios, era, por decirlo con un matiz más surrealista, el camino a la Luna, y los geranios eran sólo un catalizador de sus sentimientos. Una vez allí, llegaba ya a toque de medianoche, se sentaba a palpar las profundidades de las flores, a olerlas y saborearlas en su plenitud mientras jugaba a oír el susurro de aquel mar desatado de colores, que en realidad era creación única y propia, y esperaba tranquilamente hasta poder ver los olores emanar de las entrañas de aquel asombroso espectáculo. Él, de manera casi inconsciente, generaba poesía, que surgía de la extraña unión de las preguntas de los geranios y las inéditas respuestas que la Luna les daba, era un diálogo invisible que sólo él podía percibir y que lo transmutaban a un vacío lleno de purezas, la Luna, dónde no existía ya esa sociedad perturbada de la que cada semana huía y a la que cada semana despreciaba más. Aquellos paradigmas de la existencia discutían desde la irrevocable proximidad de la distancia y de sus coyunturas luminosas surgían las chispas incandescentes de la esencia de la vida, esa esencia que el hombre esperaba encontrar en su camino a la Luna y en ella misma, dónde las verdades del sueño se reivindicaban y los gritos insaciables del hombre cesaban. Así, podía realmente activar sus sentidos y hacer de cada uno de ellos un mundo por indagar, una realidad por descubrir. Incluso desde ese astro podía seguir tocando, viendo, oliendo, gustando y oyendo los geranios que no sucumbirían ante la fuerza inconmensurable de las inquietudes de aquellos que allí, tan lejos ya, se creían dueños de todo sentimiento, cuando en realidad nunca habían desfallecido ante un color o una imagen, ante un sonido remoto, porque estaban sus sentidos cegados de avaricia y hipocresía. Él se quedaba en la Luna toda la noche y le susurraba cuanto deseaba quedarse allí, hacerla atemporal y vivir sólo existiendo para ella. En cuanto el alba llegaba, en esas agridulces mañanas, el Sol le ganaba la partida a la Luna y él veía en su superficie el reflejo impuro y corrompido de su única verdad. Aquel viaje, aquella evasión, se trazaba sobre la oscuridad del pequeño estanque que había junto a los geranios, que ante la cegadora luz del Sol le mostraba de nuevo su mundo de desdicha y sufrimiento. Veía también en ese espejo mal tallado la Luna avanzando, huyendo de aquello que él no podía evitar, despidiéndose de él y de sus flores hasta la siguiente semana, esa nueva semana que todos esperaban ansiosamente con nuevas historias fantásticas que contarse y nuevas conspiraciones que tramar para derrotar a ese monstruo que acechaba sobre la Tierra y les robaba el placer de vivir para existir.
domingo, 6 de abril de 2008
Poesía para vos
Récondita noche en velo infinito,
del postrer día sin blanco dorado,
tiempo que anhela morir asfixiado,
enamorado soy, mas no lo grito.
Tantas páginas para vos he escrito,
instántes en tromba he eternizado,
en tanto que el aire venga migrado,
versos de mimbre, sulfato y granito.
Agria tempestad al acecho se halla,
las nuestras virtudes en perecer,
naufragio en este mar que nunca calla,
coged ahora la flor del placer,
que esta marchíta sucumbe en batalla,
cenizas de amor sin desfallecer.
miércoles, 2 de abril de 2008
Último sueño
Y desperté de ese sueño. O no. Las imágenes que se habían diluido en aquel instante eterno volvían a recrearse con más credibilidad que antes y se situaban como flashes irritantes entorno a mi. Estábamos tú y yo, y nuestros alter ego. Me confundía verme actuar de manera tan diferente a cómo solía, de manera incluso exasperante y contradictoria, negando mis propias convicciones. Tú, atónita, observabas sin decir palabra. Parecía como si mis entrañas fueran ese yo recreado que gritaba sus verdades, su verdad más intima. Aquella escena me cohibía. Era tan real y a la vez tan inverosímil que me sentía acorralado en el espacio atemporal entre la ficción y la realidad. Lo que mi sueño había constituido se proclamaba verdad mientras que mi mundo real se consumía paulatinamente y tú y yo desaparecíamos. Bueno no, me equivoco, tú aún estabas allí, eras siempre la misma, la misma capaz de eternizar las excusas y, ahora, aún más arrogante e indecisa, capaz de resistir la marca infinita de sangre ajena y haciéndome aún más espectro y vacío. Aquel sueño, el último.
martes, 25 de marzo de 2008
Desde mi ventana
domingo, 16 de marzo de 2008
Autoretrato
Hoy la playa de ese bohemio pintor parece incapaz de albergar tormentas y en sus cálidas arenas hay un papel, aquella gran obra maestra, ahora mohosa y cuyos tonos azules son más claros y espesos por el baño de las aguas marinas. Bajo este, está escrito en la arena: Autoretrato.