martes, 25 de marzo de 2008

Desde mi ventana

Has sido siempre el perfecto resultado de mi dedicación, una simple creación resultado de noches amargas como los cafés bebidos. Acabo de asentarme sobre la faz de la realidad y ahora veo que hay algo que odio de las matemáticas: esa búsqueda infinita de otorgar un sentido real a todo lo existente, cuando toda evidencia es subjetiva y compleja, no pudiendo ser reglamentada y igualada a otra. El misticismo de la existencia es inexplicable y tú eres sólo el fruto idílico de la efimeridad de mi capacidad creativa. Ahora lo veo claro, ahora desconfío de la matemática exacta, ahora evito la ciencia, y a pesar de haber visto tu imagen peculiarmente imperfecta te deseo aún más que antes. La belleza de lo feo te hace aún más atractiva, hace que me aferre aún más a tu presencia. Te imagine erróneamente y, sin embargo, te veo y siento que mis ojos son capaces de sentir tu radiante brillantez. Creía que bajar de esa burbuja, que muchos consideran fruto de la imaginación de criaturas y que me convierten en un adulto tan niño, y aposentar mis pies sobre la cruda verdad suprimiría mis horas de angustia y helado de vainilla, contándote mis penas por no tenerte, pero ante tí veo lo invisible, eres una fruta con pieles feas pero que alberga un interior puro y de sabor intenso, amargo. Aún te ansió, te espero impaciente sabiendo que no pararás en mi estación, te admiro apasionadamente apoyado en el marco de mi ventana, veo tu belleza pasearse escondida bajo un telón que es hierro para todos y fina seda para mi vista que es tacto, capaz de sentir su fibrosa textura. Cada palabra que escribo, un trago de intenso café solo. , imperfección.

domingo, 16 de marzo de 2008

Autoretrato

Adoraba esa sensación de caminar descalzo por la arena. Que sus pies se hundieran. Sentir ese calor penetrante de un verano que se aproximaba. Notar la frescura del viento palpando su cara, el chisporroteo de agua de mar que acariciaba dulcemente sus pies con cada pequeña ola que rompía ante él y que aliviaba el escozor en las plantas de sus pies. Admiraba como una soledad tan definida y un silencio tan inhumano pudieran decir tanto. Todo aquello era vicioso. Entonces era el momento de sentarse en su taburete y empezar a deslizar el pincel para dibujar lo hasta ahora escrito. Acababa y se encontraba ante su perfección hecha imperfección. Le cohibía su incapaz de describir sus sensaciones con aquellos viejos pinceles y esa era la razón por la que día tras día estaba allí, el mismo camino, el mismo ritual, las mismas sensaciones, ese estúpido dibujo que no conseguía hablar por si solo. Pero ese día, que para él se presentaba como cualquier otro, el sol de mediodía era tenue, el mar gritaba desde sus adentros y cada ola se le aproximaba para mojarlo agresivamente, el viento era duro y no tan apetecible como solía, la niebla baja y densa. Tubo que hacer esfuerzos para situar el caballete en algún sitio donde las hojas no pasaran por si solas y le costó más que nunca empezar a dibujar. Un primer trazo. Débil, un hachazo arrogante de pincel enfadado que impregno el papel de un azul intenso. Era un azul único, parecía como si este fuese la metamorfosis de sus colores con el transparente soplido del viento, y a la vez agridulce ya que era imperfecto, arriesgado, era como una aguja que le enflaquecía. Un segundo trazo, este fuerte. Tan fuerte que los colores utilizados se desdibujaban en una gama indescriptible y el salpiqueo de pintura bañaba las aguas de colores no humanos, de colores que su simple mente no llegaba a comprender. Trazos y más trazos, voluntarios y involuntarios que tan individuales y separados entre sí se unían llevados por las gotas de agua que impregnaban el papel de un difuminado que arrugaba la obra y la hacia aún más obra. El papel era caos, un caos abismal, un caos en armonía con su entorno, una tormenta de fenómenos y sensaciones. Él. Preguntas, sorpresa, inquietud. No comprendía qué sucedía, no comprendía como sus manos habían consagrado la perfección, como el día más gris era el más pintoresco. Entonces, pasó ella. Ya no la esperaba,.Con un día así no esperaba que ella siguiese su paseo rutinal al borde de mar, y sin embargo ella allí estaba como solía. Ya se había acostumbrado a verla pasar, a observar su frondoso cabello frágilmente tratado por el levante, a deleitarse con la belleza de su silueta y su belleza aparente, a intentar hacer converger la mirada de la chica con la suya , a llegar al punto álgido del sueño erótico que compartían. Pero esa mañana de mayo su andar era muy diferente, parecía intranquila y no simbiótico con el paisaje como acostumbraba a ser, y ella se tambaleaba como una mecedora de lado a lado. Súbitamente, con un gesto un tanto brusco, se giró hacia él realizando un movimiento de parábola y le deshizo con la mirada mientras se le acercaba. Nervios, tiriteo y temblor en los músculos, palpito incontrolable. Ella se puso justo detrás suyo y observó su obra. No la miraba, la observaba, la analizaba. Y ella preguntó con una voz que a él le pareció el vivo reflejo de la inocencia de su interior:
-¿Existe lugar tan agitado y a la vez tan puro?
Descontrol mental. Diez palabras que juntas ridiculizaban a aquello a lo que llamaban magia, palabras que por sí solas tenían un escaso valor, palabras que juntas no eran más que palabras para cualquier hombre sobre la Tierra, pero para él eran su respuesta. Entonces se abalanzó sobre ella y se consumieron en un sueño de pasión bajo la niebla que era cada vez más compacta y que los encubría trasladándolos a un vacío cosmológico que era sólo suyo.

Hoy la playa de ese bohemio pintor parece incapaz de albergar tormentas y en sus cálidas arenas hay un papel, aquella gran obra maestra, ahora mohosa y cuyos tonos azules son más claros y espesos por el baño de las aguas marinas. Bajo este, está escrito en la arena: Autoretrato.

lunes, 10 de marzo de 2008

Amo y odio

Sólo necesito que desaparezcas. Tu existencia me desgarra el corazón a base de puñaladas. Tus más tiernas palabras son ácido sulfúrico para mi corazón, lo consumen hasta que no queda un resquicio aparente, pero no son capaces de oxidar la eternidad de mi alma y desterrarte de la cima de mis pensamientos. Tus caricias son el soplo de un viento primaveral y a la vez tormenta tropical, tus besos rocio de azafrán para mis sentidos y bromo incandescente para el alma. Eres amor y odio, confianza y incredibilidad, antídoto y veneno mortifero. Maldigo la complejidad del ser humano, el único que sabe que vive y muere, y no es capaz ni de vivir ni de morir. Aborrezco a aquellos que predican el carpe diem aunque te disfruto cuando te tengo y no en la fria despedida, detesto las lámparas que emiten luz de manera intermitente y a pesar de ello estas adornan las pardes de mi pequeña habitación, odio el parpádeo incesante de mis ojos al cruzarme con tu mirada y sin embargo no puedo evitarlo, repruebo a áquel que te alarga su mano y, cuando la tiene, estira de ella cuando le conviene, pero yo te sigo escribiendo estas palabras de acusación. Me cohibe todo porque se que en realidad la lámpara ya esta casi fundida, mis ojos casi paralizados y mi mano casi atada a tus principios y a la vez más independiente que nunca. Pero siempre queda una chispa de esperanza que hace que todo se pueda invertir, que la lámpara brille como nunca, que mis ojos saquen del vacío místico la fuerza para observarte, y no sólo verte subjetivamente como hacían antes, que pueda deshacer los nudos de mi mano que te retenía férrea y que aún ahora, mientras deslizo el lápiz sobre el rugoso papel, sigue sin desprenderse de ti. Realmente no se si llamarle esperanza o repugnarla tanto como a tí te repugno. Déjame, vete. Quiero vivir para morir, existir.

sábado, 8 de marzo de 2008

Incapacidad

Veo lluvia y tormenta en tu mirada. Las finas gotas maquillando mi rostro con un perfume de nostalgia, agrio y a la vez dulce como el mayor placer. Incertidumbre. Paliar el dolor o emborracharme con las palabras que me susurran tus ojos y tu palpito incansable. Y decido bajar la mirada, y resignarme para pasar de la pureza de tu realidad a un mundo corrompido en el que vivo por una razón, tú, tu existencia. Si me levanto y desayuno es por y para ti, y si trabajo es para poder subsistir y no morir, para no perder así ese placer instantáneo de cruzar nuestras miradas, aunque aún no sé bien si en realidad lo que hacen es mirar en una misma dirección. Resignación y más duda, niebla y huracán en tus ojos. Eres poesía sin poesía, un silencio que tanto habla y cuyas palabras retumban como un eco infinito en mi más profundo ser. Escribo y escribo, páginas y páginas, libro y libros, todo por y para tí, y en realidad en todo lo que digo tú ni existes. Al fin y al cabo tus palabras vuelan libres, y yo soy sólo poeta.