Todos, dentro de toda la mierda que rodea nuestra existencia, literal y metafóricamente hablando, sentimos, aunque en algunos casos de manera excesivamente efímera, por miedo o otras varias razones, la necesidad de crear, de generar. De perpetrar algo fuera de nuestro ser, pero análogo a él, tangente en algún aspecto a la situación que vivimos, cómo un anexo necesario para la comprensión de un trabajo: nuestra propia identidad.
Vivimos todos en una sociedad reinada por la avaricia, la codicia y el egoísmo, y aun siendo, cada uno de nosotros, participes de estos tres principios, muchas veces somos capaces de reaccionar ante estos. Entonces, surge el arte: de la disconformidad. Algunos dirán que al ver una preciosa puesta de sol surge arte de su interior como el suave vuelo de una gaviota, y esto no implica ningún tipo de renegación hacia la sociedad. Pues sí, en realidad, la sociedad es la culpable de que esos momentos, esta posibilidad de evasión dentro de uno mismo, no se repitan con más frecuencia. El ritmo acelerado de la sociedad es el peor veneno contra la satisfacción humana: no obstante dentro de esta jeringuilla de represión, nace una pequeña gota de oxígeno, casi imperceptible, pero capaz de salvar al hombre de los caminos agrios de la sociedad. Este tobogan sale de la línea dura y rígida de la cotidianidad y se dirige hacia un espacio, a un terreno de luz y de nada. Allí, escondidos, juegan los hombres a encontrarse a sí mismos. Allí, consigue el hombre abstraerse de su vida, para entender la vida. De un espiral de emociones y sensaciones varias surge la obra de arte, no necesariamente material (ya que una reflexión puede bastar), como las olas de un mar ajetreado, volátiles e imprevisibles.
Y es así, y solo así, a través del arte, como el hombre consigue huir la absurdidad de un mundo que quiere vanamente comprender y que no debe ser comprendido.