viernes, 18 de julio de 2008
viernes, 27 de junio de 2008
Adulto
Quedó en el aire un cierto aroma a amor. Un aroma de noche consumida. Habían permanecido allí, encerrados en ese capullo de seda, creciendo escondidos y guardándose el uno al otro como si fueran los grandes regalos de sus vidas, pero el momento había llegado. Ahora quedaba abrir las alas y emprender el vuelo, ser mariposas por fin y no tener miedo a perderlo todo en el despegue, a perder esa unión, a que el viento se llevase el amor, y la vida... Era necesario volar y caer, y sufrir y volver a volar y a caer, porque el capullo se pudre entre la oscuridad del pasado y si allí se quedaban morirían entre sus hilos de seda y no serían nunca adultos. Porque sólo crece quien sufre o vence el miedo a vivir.
sábado, 14 de junio de 2008
Felicidad
viernes, 23 de mayo de 2008
Muchos hablaban de la belleza de comprender el amor y sentir agujas en las vísceras. En los bares le contaron historias de corazones libres, pulmones atascados y almas de mar, de ojos derretidos en crepúsculos perdidos, de flores de primavera y vientos y tiempos ardiendo en cenizas. Él busco esas historias en cada esquina de la ciudad; llenaron su mente de ideas y sensaciones que rastreó en arcenes y rascacielos, en pájaros alados surcando cielos lejanos, en sueños de azufre. Y bajo la almohada y tras las cortinas y en el abismo y en la lluvia y en el trueno. Pero nunca nadie le dijo que se puede amar la soledad.
martes, 20 de mayo de 2008
Subconsciente
martes, 13 de mayo de 2008
Silencio
Entre las sábanas despertó Karen. Le costó trabajo salir de entre ellas ya que sus ojos aún podían ver escasa luz, cegados por el sueño, y sus manos eran tremendamente inútiles para desmontar ese amasijo de capas que la envolvían. Karen había perdido el tacto sólo nacer. Segundos después de que él doctor le tocase la cabeza para ir sacándola de la vagina de su madre -"¡Ya sale, ya!"- perdió el tacto. Sólo pudo notar la mano del doctor y el calor de esta, el calor humano aunque no fuese el de sus padres como acostumbra a pasar. Fue algo realmente rápido.
Amaneció muy rápidamente y el Sol impuso su soberanía en el cielo y en la casa y en sus almas y en sus mentes y en todo lo que había en ese mundo. En todo, sólo a excepción de Lucie. Era muda. Karen hablaba con ella y le respondía con signos. Cómo si le hablase a una pared, una muralla cansada de vigilar y deshaciéndose en cenizas.
- En serio, odio las mañanas, es como si perdiese la mitad de los cuatro sentidos que tengo.- dijo Karen.
- Yo también las odio. Pero a la vez las amo. Depende del día.
- ¿De que depende?
- De si he dormido bien o no. Si duermo bien el día es una dictadura insportable, con todos sus sonidos, a los que no puedo contestar, pero si he dormido mal el día me parece una maravilla. Hoy es del segundo tipo. Como volver a nacer. Te lo juro, me siento cómo en el momento en que ves tantos ojos observándote al nacer. No sabes lo duro que es escuchar el silencio nocturno y no poder contestarle con más silencio. Es como si se te anuncia la muerte y luego por la mañana te ves resucitada. Y entre medio sólo hay un hiato de tiempo, un poco de sueño si tengo suerte. Soy muda pero una muda muy poco hábil. Al silencio no puedo llegar, es algo que no creo poder conseguir.
Gestos y más gestos.
Gestos también en la cara de Karen por lo que le decía. Una cara de tonta.
- Entonces depende de la noche. Me habías dicho que dependía del día.
- Por favor, es una expresión común Karen.
- ¿Común?¿Y desde cuando somos comunes?
Silencio, y de verdad. Respiración. Lo había logrado en el momento menos esperado.
jueves, 10 de abril de 2008
Diálogo con la Luna
El pálido hombre recorría ese eterno trayecto hasta los geranios por lo menos una vez a la semana. Más que el camino hasta los geranios, era, por decirlo con un matiz más surrealista, el camino a la Luna, y los geranios eran sólo un catalizador de sus sentimientos. Una vez allí, llegaba ya a toque de medianoche, se sentaba a palpar las profundidades de las flores, a olerlas y saborearlas en su plenitud mientras jugaba a oír el susurro de aquel mar desatado de colores, que en realidad era creación única y propia, y esperaba tranquilamente hasta poder ver los olores emanar de las entrañas de aquel asombroso espectáculo. Él, de manera casi inconsciente, generaba poesía, que surgía de la extraña unión de las preguntas de los geranios y las inéditas respuestas que la Luna les daba, era un diálogo invisible que sólo él podía percibir y que lo transmutaban a un vacío lleno de purezas, la Luna, dónde no existía ya esa sociedad perturbada de la que cada semana huía y a la que cada semana despreciaba más. Aquellos paradigmas de la existencia discutían desde la irrevocable proximidad de la distancia y de sus coyunturas luminosas surgían las chispas incandescentes de la esencia de la vida, esa esencia que el hombre esperaba encontrar en su camino a la Luna y en ella misma, dónde las verdades del sueño se reivindicaban y los gritos insaciables del hombre cesaban. Así, podía realmente activar sus sentidos y hacer de cada uno de ellos un mundo por indagar, una realidad por descubrir. Incluso desde ese astro podía seguir tocando, viendo, oliendo, gustando y oyendo los geranios que no sucumbirían ante la fuerza inconmensurable de las inquietudes de aquellos que allí, tan lejos ya, se creían dueños de todo sentimiento, cuando en realidad nunca habían desfallecido ante un color o una imagen, ante un sonido remoto, porque estaban sus sentidos cegados de avaricia y hipocresía. Él se quedaba en la Luna toda la noche y le susurraba cuanto deseaba quedarse allí, hacerla atemporal y vivir sólo existiendo para ella. En cuanto el alba llegaba, en esas agridulces mañanas, el Sol le ganaba la partida a la Luna y él veía en su superficie el reflejo impuro y corrompido de su única verdad. Aquel viaje, aquella evasión, se trazaba sobre la oscuridad del pequeño estanque que había junto a los geranios, que ante la cegadora luz del Sol le mostraba de nuevo su mundo de desdicha y sufrimiento. Veía también en ese espejo mal tallado la Luna avanzando, huyendo de aquello que él no podía evitar, despidiéndose de él y de sus flores hasta la siguiente semana, esa nueva semana que todos esperaban ansiosamente con nuevas historias fantásticas que contarse y nuevas conspiraciones que tramar para derrotar a ese monstruo que acechaba sobre la Tierra y les robaba el placer de vivir para existir.