viernes, 23 de mayo de 2008

Muchos hablaban de la belleza de comprender el amor y sentir agujas en las vísceras. En los bares le contaron historias de corazones libres, pulmones atascados y almas de mar, de ojos derretidos en crepúsculos perdidos, de flores de primavera y vientos y tiempos ardiendo en cenizas. Él busco esas historias en cada esquina de la ciudad; llenaron su mente de ideas y sensaciones que rastreó en arcenes y rascacielos, en pájaros alados surcando cielos lejanos, en sueños de azufre. Y bajo la almohada y tras las cortinas y en el abismo y en la lluvia y en el trueno. Pero nunca nadie le dijo que se puede amar la soledad.

martes, 20 de mayo de 2008

Subconsciente

Despertamos y pensamos que lo soñado queda olvidado. Un susurro de alivio profundo al abrir los ojos sabiendo que era sólo una pesadilla. Y lo olvidas, aunque queda allí guardado en un rincón lejano, más allá del horizonte, en una esquina. Algo matemático. En el punto exacto de tangencia. Vienes de un lado y no lo ves, del otro tampoco. Y pasas días y días por esa esquina y nunca pasa nada nuevo. Sólo sigues tu camino, tu cotidianidad y aquello que algún día habías soñado es parte de lo invisible e imprevisible de él. No lo ves, no lo hueles, no lo palpas, nada. Pero llega un día en que un desgraciado coge y te empuja. Quedas empotrado exactamente en esa tangente y se te cae el mundo encima. Primero sólo sientes escalofríos en las rodillas, luego recuerdas. Eso es lo más duro. Al recordar revives y esta vez no estás dormido, no. No cierres y abras los ojos que nada va a pasar. El agresor corre y se escapa y tú te quedas sin poder reaccionar, exhausto como un tonto. Miras eso, que no es nada porque la tangencia es prolongación de lo que converge, y ves otra cosa completamente diferente, bastante peor. En esa mierda de arcén que tantos pisan y desprecian, en la afilada cuchilla de esa esquina perfecta está tu subconsciente. Y no olvides lo que te digo, que sino ya sabes lo que pasa, y quizás el desgraciado que te empuje seré yo, por tu propio bien.

martes, 13 de mayo de 2008

Silencio

Entre las sábanas despertó Karen. Le costó trabajo salir de entre ellas ya que sus ojos aún podían ver escasa luz, cegados por el sueño, y sus manos eran tremendamente inútiles para desmontar ese amasijo de capas que la envolvían. Karen había perdido el tacto sólo nacer. Segundos después de que él doctor le tocase la cabeza para ir sacándola de la vagina de su madre -"¡Ya sale, ya!"- perdió el tacto. Sólo pudo notar la mano del doctor y el calor de esta, el calor humano aunque no fuese el de sus padres como acostumbra a pasar. Fue algo realmente rápido.
Amaneció muy rápidamente y el Sol impuso su soberanía en el cielo y en la casa y en sus almas y en sus mentes y en todo lo que había en ese mundo. En todo, sólo a excepción de Lucie. Era muda. Karen hablaba con ella y le respondía con signos. Cómo si le hablase a una pared, una muralla cansada de vigilar y deshaciéndose en cenizas.
- En serio, odio las mañanas, es como si perdiese la mitad de los cuatro sentidos que tengo.- dijo Karen.
- Yo también las odio. Pero a la vez las amo. Depende del día.
- ¿De que depende?
- De si he dormido bien o no. Si duermo bien el día es una dictadura insportable, con todos sus sonidos, a los que no puedo contestar, pero si he dormido mal el día me parece una maravilla. Hoy es del segundo tipo. Como volver a nacer. Te lo juro, me siento cómo en el momento en que ves tantos ojos observándote al nacer. No sabes lo duro que es escuchar el silencio nocturno y no poder contestarle con más silencio. Es como si se te anuncia la muerte y luego por la mañana te ves resucitada. Y entre medio sólo hay un hiato de tiempo, un poco de sueño si tengo suerte. Soy muda pero una muda muy poco hábil. Al silencio no puedo llegar, es algo que no creo poder conseguir.
Gestos y más gestos.
Gestos también en la cara de Karen por lo que le decía. Una cara de tonta.
- Entonces depende de la noche. Me habías dicho que dependía del día.
- Por favor, es una expresión común Karen.
- ¿Común?¿Y desde cuando somos comunes?

Silencio, y de verdad. Respiración. Lo había logrado en el momento menos esperado.

jueves, 10 de abril de 2008

Diálogo con la Luna

El pálido hombre recorría ese eterno trayecto hasta los geranios por lo menos una vez a la semana. Más que el camino hasta los geranios, era, por decirlo con un matiz más surrealista, el camino a la Luna, y los geranios eran sólo un catalizador de sus sentimientos. Una vez allí, llegaba ya a toque de medianoche, se sentaba a palpar las profundidades de las flores, a olerlas y saborearlas en su plenitud mientras jugaba a oír el susurro de aquel mar desatado de colores, que en realidad era creación única y propia, y esperaba tranquilamente hasta poder ver los olores emanar de las entrañas de aquel asombroso espectáculo. Él, de manera casi inconsciente, generaba poesía, que surgía de la extraña unión de las preguntas de los geranios y las inéditas respuestas que la Luna les daba, era un diálogo invisible que sólo él podía percibir y que lo transmutaban a un vacío lleno de purezas, la Luna, dónde no existía ya esa sociedad perturbada de la que cada semana huía y a la que cada semana despreciaba más. Aquellos paradigmas de la existencia discutían desde la irrevocable proximidad de la distancia y de sus coyunturas luminosas surgían las chispas incandescentes de la esencia de la vida, esa esencia que el hombre esperaba encontrar en su camino a la Luna y en ella misma, dónde las verdades del sueño se reivindicaban y los gritos insaciables del hombre cesaban. Así, podía realmente activar sus sentidos y hacer de cada uno de ellos un mundo por indagar, una realidad por descubrir. Incluso desde ese astro podía seguir tocando, viendo, oliendo, gustando y oyendo los geranios que no sucumbirían ante la fuerza inconmensurable de las inquietudes de aquellos que allí, tan lejos ya, se creían dueños de todo sentimiento, cuando en realidad nunca habían desfallecido ante un color o una imagen, ante un sonido remoto, porque estaban sus sentidos cegados de avaricia y hipocresía. Él se quedaba en la Luna toda la noche y le susurraba cuanto deseaba quedarse allí, hacerla atemporal y vivir sólo existiendo para ella. En cuanto el alba llegaba, en esas agridulces mañanas, el Sol le ganaba la partida a la Luna y él veía en su superficie el reflejo impuro y corrompido de su única verdad. Aquel viaje, aquella evasión, se trazaba sobre la oscuridad del pequeño estanque que había junto a los geranios, que ante la cegadora luz del Sol le mostraba de nuevo su mundo de desdicha y sufrimiento. Veía también en ese espejo mal tallado la Luna avanzando, huyendo de aquello que él no podía evitar, despidiéndose de él y de sus flores hasta la siguiente semana, esa nueva semana que todos esperaban ansiosamente con nuevas historias fantásticas que contarse y nuevas conspiraciones que tramar para derrotar a ese monstruo que acechaba sobre la Tierra y les robaba el placer de vivir para existir.

domingo, 6 de abril de 2008

Poesía para vos


Récondita noche en velo infinito,
del postrer día sin blanco dorado,
tiempo que anhela morir asfixiado,
enamorado soy, mas no lo grito.


Tantas páginas para vos he escrito,
instántes en tromba he eternizado,
en tanto que el aire venga migrado,
versos de mimbre, sulfato y granito.


Agria tempestad al acecho se halla,
las nuestras virtudes en perecer,
naufragio en este mar que nunca calla,


coged ahora la flor del placer,
que esta marchíta sucumbe en batalla,
cenizas de amor sin desfallecer.

miércoles, 2 de abril de 2008

Último sueño


Y desperté de ese sueño. O no. Las imágenes que se habían diluido en aquel instante eterno volvían a recrearse con más credibilidad que antes y se situaban como flashes irritantes entorno a mi. Estábamos tú y yo, y nuestros alter ego. Me confundía verme actuar de manera tan diferente a cómo solía, de manera incluso exasperante y contradictoria, negando mis propias convicciones. Tú, atónita, observabas sin decir palabra. Parecía como si mis entrañas fueran ese yo recreado que gritaba sus verdades, su verdad más intima. Aquella escena me cohibía. Era tan real y a la vez tan inverosímil que me sentía acorralado en el espacio atemporal entre la ficción y la realidad. Lo que mi sueño había constituido se proclamaba verdad mientras que mi mundo real se consumía paulatinamente y tú y yo desaparecíamos. Bueno no, me equivoco, tú aún estabas allí, eras siempre la misma, la misma capaz de eternizar las excusas y, ahora, aún más arrogante e indecisa, capaz de resistir la marca infinita de sangre ajena y haciéndome aún más espectro y vacío. Aquel sueño, el último.

martes, 25 de marzo de 2008

Desde mi ventana

Has sido siempre el perfecto resultado de mi dedicación, una simple creación resultado de noches amargas como los cafés bebidos. Acabo de asentarme sobre la faz de la realidad y ahora veo que hay algo que odio de las matemáticas: esa búsqueda infinita de otorgar un sentido real a todo lo existente, cuando toda evidencia es subjetiva y compleja, no pudiendo ser reglamentada y igualada a otra. El misticismo de la existencia es inexplicable y tú eres sólo el fruto idílico de la efimeridad de mi capacidad creativa. Ahora lo veo claro, ahora desconfío de la matemática exacta, ahora evito la ciencia, y a pesar de haber visto tu imagen peculiarmente imperfecta te deseo aún más que antes. La belleza de lo feo te hace aún más atractiva, hace que me aferre aún más a tu presencia. Te imagine erróneamente y, sin embargo, te veo y siento que mis ojos son capaces de sentir tu radiante brillantez. Creía que bajar de esa burbuja, que muchos consideran fruto de la imaginación de criaturas y que me convierten en un adulto tan niño, y aposentar mis pies sobre la cruda verdad suprimiría mis horas de angustia y helado de vainilla, contándote mis penas por no tenerte, pero ante tí veo lo invisible, eres una fruta con pieles feas pero que alberga un interior puro y de sabor intenso, amargo. Aún te ansió, te espero impaciente sabiendo que no pararás en mi estación, te admiro apasionadamente apoyado en el marco de mi ventana, veo tu belleza pasearse escondida bajo un telón que es hierro para todos y fina seda para mi vista que es tacto, capaz de sentir su fibrosa textura. Cada palabra que escribo, un trago de intenso café solo. Tú, imperfección.